El salón Los Ángeles fue un escenario de artistas en el México dorado. Hoy da lecciones de vida para jóvenes nostálgicos de un pasado que no conocen, uno menos violento.

Florencia González Guerra

Ciudad de México

Estoy sentada en la banca roja del Salón Los Ángeles debajo de la orquesta. Por un lado, señoras mayores me sonríen. Percibo su curiosidad. Una sobresale entre todas, su cabellera gris y blanca llega hasta la cintura, tiene una flor negra en su oreja. A mí me parece como una vieja bruja sabia. Me pregunta—¿qué haces aquí—ante la extrañeza de ver a una ‘jovencita’ en un lugar donde la persona menor parece tener 50 años. —Quiero aprender a bailar danzón, para conocer algo de la historia del México dorado— le digo.

Pareja baila en el Salón Los Ángeles
El baile de danzón sigue presente en la Ciudad de México

A su lado hay otra mujer con un afro color noche, ella resplandece por su atuendo morado, un suéter con brillos y una falda transparente con licras y zapatos brillantes que compró en el mismo salón. Me dice —aquí quédate, yo me encargaré de que aprendas a bailar—. Se acerca a la orilla derecha, hay varios varones que ya han demostrado su pericia en el baile, están sentados en torno a una mesa, platican y ríen entre ellos. Son los dandis del lugar. La mujer de morado se regresa a su lugar y uno de los caballeros se acerca hacia mi y me da la mano. Es el señor Borrego, el maestro de baile del Salón Los Ángeles.

El dandi que me enseñará a bailar, todo vestido de negro y un anillo plateado en el dedo anular, me tiende la mano para levantarme. Me acerco a él y me doy cuenta de su buen olor, un maestro de baile de danzón sabe que un aroma agradable es fundamental para generar una relación cercana con su acompañante. Aliento a chicle Cloret’s y un perfume modesto y agradable me reciben al acercarme.

Los bailarines de danzón, maestros del baile, enseñan cómo se toca un cuerpo, cómo se puede tener proximidad con un perfecto desconocido sin sentir desconfianza por ello. Calma y confianza en desconocidos, actos revolucionarios frente al oasis de miedo e incertidumbre que vivimos los jóvenes de hoy en México.

«Escucha…», me dice el Borrego, Gerardo Hernández Bárcenas, mientras levanta su mano. Mueve su dedo al ritmo del danzón “Pum, pum, pum, la música va marcándote el paso. Te pide calma, escúchala”, me invita a adentrarme en la música antes de comenzar a bailar. Él me tiene sujetada de manos, sus manos son fuertes, carnosas y seguras, me indican el primer paso que hay que llevar hacia atrás y no me siento incomoda de que me esté tocando un perfecto desconocido. El hombre lleva el paso, el ritmo y me marca hacia donde hay que tirar el siguiente.

Pareja baila en el Salón Los Ángeles
El letrero neón del Salón Los Ángeles es un guiño muy peculiar del lugar

Me dice cómo hacer los once pasos del cuadro del danzón, empiezo por echar el derecho para atrás, seguido del izquierdo, se abre para el lado izquierdo, recojo el derecho, pie izquierdo al frente, recojo el derecho y repito.

El bailarín, con más de 50 años de experiencia, me explica cómo hay que sentir la música y no oírla cuando repaso acartonada los once pasos. Me pide ser pausada, sin saber que más que lecciones de baile, me da lecciones de vida. Son lecciones del pasado para mi presente. “Es que yo soy muy acelerada”, le digo.

El danzón que llegó a México en los años 20, resiste la velocidad en la que se vive en este 2017.

El Maestro del Salón Los Ángeles, es conocido como el Borrego, su talento fue reconocido desde que tenía cinco años, pues en su colonia se organizaban bailes cuando la gente llegaba a bailar al espacio público. Me dice que ahí llegó a ganar dos premios, uno cuando tenía cinco y otro a los siete años, fue por esa inercia que decidió hacer de su vida el baile.

Hoy, él me pide calma. “Me vas a pisar, la música hay que sentirla, no se trata de oírla y a la primera ya vas a saber, hay que entrenar el oído”. Dejo de ver mis pies que siguen el compás de once pasos del danzón, levanto la cabeza, respiro y abro el corazón para ver si así, sí… siento la música.

Hace 20 años, el señor Borrego vivió su momento cumbre. Entró en un escenario de televisión en el que todo era brillo, luces, público y cámaras a su alrededor. El programa era conducido por una actriz muy querida en ese momento, Verónica Castro. Mi maestro de baile me narra que él bailó con ella. Era su premio por ser finalista en un concurso de danzón realizado en diversas colonias de la Ciudad de México. Estaba en la final y quería mostrar a todo México sus dotes en la pista. Me lo cuenta sonriendo, abriendo sólo la mitad de la boca, en un gesto muy peculiar y propio.

Después de dominar los once pasos y el columpio, me enseña que la música indica que después de haber hecho ciertas repeticiones hay que parar. Me da una media vuelta, los dos quedamos frente a la orquesta de música. Los dos con los brazos levantados, él sostiene mi mano izquierda y levanta su mano izquierda también, volteo a ver y todas las parejas hacen lo mismo. Me pregunto: ¿cómo saben cuando hay que parar? El señor Borrego me dice que es cosa que hay que ir aprendiendo.

La arquitectura del salón Los Ángeles da al ambiente una sensación de vestigios de grandeza, con algunos pilares rosas y otros con pequeños espejos cuadrados que reflejan las luces de neón rojo del letrero que da nombre al lugar. El lugar que con seguridad enuncia: “Quien no conoce Los Ángeles, no conoce México”. Aquí bailó Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Diego Rivera y Frida Kahlo, Celia Cruz, Raúl y Fidel Castro, Cantinflas, y otros más dicen que hasta el Che Guevara. El lugar sigue atrapado en el tiempo.

Cuando termina el danzón, el dandi vestido de negro pronto se apresura a dejarme en la banca roja y otros caballeros hacen lo mismo con sus parejas de baile. Me siento al lado de Gloria Aguilar, la vieja bruja sabia de cabellera larga y vestido de terciopelo negro con guantes de color negro que llegan hasta el codo —¿cómo bailé?— le pregunto—Muy mal, ibas muy rápido, parecía que lo llevabas tú a él y aquí hay que saber dejarse llevar. Reflexiono mi baile y mi postura frente al señor, camino hacia él y le pido que, cuando pueda, vuelva a sacarme a bailar. Pero intuyo que el señor Borrego no quiere sacar a bailar otra vez a esta acelerada ‘jovencita’.

Al salir del Salón Los Ángeles doy las gracias a que este lugar sobrevivió los ataques contra la cultura popular orquestados por el regente de hierro, Ernesto Peralta Uruchurtu, en 1957. Y aunque llegaron ritmos modernos el danzón , él nunca murió.